Despues De La Tormenta Llega La Calma – Capítulo 10

Destino

Al norte de la provincia de Jujuy, se encuentra el pueblo de Tilcara, nombre indígena que significa fortaleza. Con sus pequeñas casas pintorescas, construidas con materiales como la piedra y desde los cerros se puede apreciar la verdosa vista del vallecito. Una vista totalmente maravillosa para Nicolás. Recién llegado y disfrutando de un clima benévolo, el sacerdote es recibido en la capilla Santa Rosa de Lima. Los cálidos y sencillos habitantes; ofrecen una calida bienvenida, por medio de música, bailes tradicionales y comidas regionales. Un nuevo mundo abre sus puertas ante los ojos de un asombrado Nicolás. Los lugareños viven con mucho ímpetu su fe y sus celebraciones religiosas están mezcladas con los legados de la cultura española y las tradiciones indígenas, lo que hace en su conjunto una fiesta única.
Después de disfrutar de tan jocoso recibimiento., el sacerdote se reúne con los misioneros de la diócesis, ya erradicados en dicho lugar. Quienes cumplen con la función evangelizadora. Comunidades conformadas por jóvenes y adultos, donde reciben formación para ayudar en sus parroquias y en otras parroquias en el primer anuncio del evangelio. Quienes les explican que hará un voto de pobreza, castidad y obediencia después de completar la formación inicial y dedicara su vida a un estricto horario ya estipulado con anterioridad. Rasgo que no molestara a Nicolás ya que esta es un a virtud esencial en la vida del hombre.

Acompañado a su habitación deja sus pertenencias, seguido inmediatamente de una merienda en el comedor principal, allí conoce a otros sacerdotes quienes como él, decidieron dejar sus correspondientes iglesias y se alojaron en Jujuy.
Su nuevo día comienza lleno de actividades desde primeras horas de la mañana. Por supuesto, tiene la misa muy temprano antes de que saliera la gente a los campos. Debe asistir a misa a las seis y media en la misión principal. Luego tiene un breve desayuno, y trabajará en la escuela, en el jardín o en el pequeño centro de salud.
Con el paso de los días, empezó por visitar las casas y comunidades, sobre todo a pie, viviendo y compartiendo la vida cotidiana, y buscando satisfacer las necesidades de los lugareños. Nicolás pensó que seria su desafío más difícil, pero no se comparaba al momento, en el cual decidió salir del Challao y dejar atrás a esa persona, que con solo pronunciar su nombre, hacia que sintiera un ardor en el pecho.
Dentro de la congregación conoció he hizo amistad con un joven sacerdote recién salido del seminario, llamado Tomás. Con este compartía muchos intereses y gustos y hacia que su estancia en Tilcara sea más llevadera. Tomás, como él, pertenecía a una familia vinculada al catolicismo, quienes mantenían como tradición que todos los hombres de la familia se convirtieran al hábito del sacerdocio. A pesar de las negativas, era una obligación, que de ser desobedecida, era castigada con la desvinculación del seno familiar. Nicolás comprendía en su totalidad las palabras del joven, que a veces cargaban un aire de melancolía ya que él, también en su momento, se había planteado un futuro diferente. Sentados en el comedor disfrutando de una variada merienda hecha con productos artesanales ambos sacerdotes compartían una sincera charla.
-Dime Nicolás ¿porque decidiste dejar tu pueblo natal?
-Creo que todavía es una pregunta que me sigo planteando- contestó en un tono permisivo.
-¡Ja! Creo que yo también lo siento así- Tomás provenía de una provincia cercana y había decidido viajar para conocer nuevos lugares. Con diez años menos que Nicolás era un joven muy entusiasta, que con sus ocurrencias, siempre lograba sacar una sonrisa del introvertido rostro del sacerdote.
-Nunca sentiste como si quisieras escapar.
-Alguna vez me lo he planteado.
Yo quise escapar de mi familia, los sentía muy opresivos, pero con los años me di cuenta que hacían lo mejor para mí.
-Sí. Muchas veces lo mejor, no es lo que nos conviene a nosotros, sino, lo que no lastima, a las personas que están nuestro lado. Eso me dijo un buen amigo.
-Verdad… mira que eres profundo Nicolás.
-Que elocuente eres.- La mano que revolvía el te del sacerdote se detuvo. Y el recuerdo de esas palabras hizo su aparición.
-¿Que te sucede Nico? Te quedaste callado.
-¿Eh? No…me recordaste a una persona que vive en mi pueblo natal.
-¿Alguien de tu familia?
-No, mucho más que eso. -Por primera vez el sacerdote no sentía la necesidad de ocultar sus palabras. Ya no valía la pena.
-Ah! Picaron… alguna señorita del pasado distantejeje- sonreía burlándose.
-Mira que eres tonto…- dijo Nicolás.
Se quedaron charlando y burlándose uno del otro, pues así Nicolás sobrellevaba sus días.

El sacerdote siempre mantuvo la comunicación vía carta con Ernesto. Éste lo mantenía al tanto contándole los nuevos acontecimientos, las nuevas obras y hasta loas chismes de la comunidad. Las cartas seguían llegando hasta que con el pasar de los meses estas comenzaron a ser contestadas por su esposa, ya que el casero había caído enfermo de una enfermedad progresiva y había quedado postrado. Pues afectó la circulación en sus piernas y debieron amputarlas. La noticia entristeció al sacerdote, la amistad que compartía con ese hombre era muy profunda y agrandó aun más, el agujero que él sentía formarse en su pecho. Prometió a la familia, ir a visitarlos en la brevedad al Challao, pero sus obligaciones demandaban la totalidad de su tiempo.
Los días siguieron pasando y estos se convirtieron en meses. Con su vocación guiada a buen puerto. Nicolás siguió perfeccionándose hasta convertirse en un misionero ejemplar. Cerca de la fecha de su primer año recibió como todas las semanas, una carta. Pero esta no seria como las demás. Procedió a leerla en su habitación recostado en su cama. Su día había sido muy movido y decidió descansar. Pasando por el cronograma habitual y las reuniones espirituales, una tarjeta destacada y ensobrada adherida a la carta llamó su atención. Al abrirla sus ojos se abrieron exaltados y su corazón se paralizó del estupor.
Era la invitación a la boda del señor Keller Albert y la señorita Francis Aldana. La carta brindaba una explicación de tal hecho, decía que sus padres habían arreglado la boda con la hija de uno de los hombres más influyentes del pueblo. Era obvio que su madre tenía mucho que ver en esa decisión y era la novedad más importante del año, para la pequeña comunidad del Challao. Nicolás apretó fuertemente el papel que sostenía en sus manos y lo mojó por el corre de lágrimas que brotaban de sus ojos ininterrumpidamente. El dolor reflejado en su rostro marcaba que era al final de toda esperanza. ¿Podía ser que el joven lo olvidó tan pronto? ¿O era verdad que solo estaba confundido?, él no pasaba ni una noche sin recordarlo.
El fuego que crecía en su interior, lo consumía por completo, las ganas de tocar ese cuerpo una vez más, succionar esos labios carnosos, con una lengua avasallante y sentir nuevamente el calor envolvente de su interior, lo hacían caer en la autosatisfacción como único escape de tal torturante deseo.
La boda se celebraría la semana entrante, no concurriría de ninguna manera, pues no soportaría el hecho de ver al joven ser entregado a otra persona. Pero una luz de consuelo lo conformaba al creer que llegaría a ser feliz. Ya que él de ahora en mas también lo intentaría…

La música sonará y los invitados disfrutarán de una gran cantidad de platos finos, tragos exquisitos, baile y mucha ostentosidad. Será la fiesta más grande y por lo tanto la más importante, que se realizará en el Challao en los últimos treinta años. La hija del concejal, que también era un estanciero, una clase que habría dominado los destinos del país desde los tiempos coloniales, festejaría su boda. La familia Francis se encontraba en la cúspide de la elite económica. Conformaba el 30% de los propietarios y productores ganaderos de la zona convirtiéndose así, en una de las familias más influyentes. Su padre dueño de docenas de campos, tenía cosechas de soja, maíz, trigo y plantaciones de manzana, peras, en la mayoría de las provincias. Su deseo era, que quien se convirtiera en su futuro yerno, se encargaría del negocio familiar y viajaría a dichas zonas, para mantener el balance, junto a sus contadores. Ya que éste, era patrón de quince mil empleados golondrinas.
Colectividades que se afincaron y formaron pueblos, barrios e instituciones, en los que trataron de conservar sus costumbres.
Albert, conoció a la joven, en una de las reuniones que su madre realizaba todas las semanas en su casa. Ésta ya había colocado los ojos en la muchacha, desde el primer momento, que ella, concurrió a su hogar. El solo hecho de ser hija única de un terrateniente, era suficiente, como para emparejarla con su querido hijo menor. Ya cumplidos los dieciocho años, Albert podría emanciparse y formar su propia familia, la cual traería estabilidad económica y tranquilidad para todos, la oportunidad no se podía dejar pasar. Él acataba todas las órdenes impuestas por sus padres y a pesar de no sentir atracción sexual hacia la joven, no quería armar un revuelo y avergonzar a su familia y sin más remedio estuvo de acuerdo con aquella decisión.

El día acordado para la boda había llegado, todo el pueblo estaba listo para concurrir, ésta se llevaría a cabo en la capilla de Lourdes, lugar que ofrecía desagradables recuerdos para el joven ya que la verdadera persona, por la cual sintió algo de amor, lo había abandonado sin ninguna explicación. Su lugar de residencia le era conocido, pues Ernesto le contó sobre las cartas y en más de una oportunidad, llegó a leerlas. El no ser nombrado en ninguna de ellas, le hizo ver que fue totalmente olvidado, y esto lo hirió en lo mas profundo, decidiendo seguir adelante con su vida, a pesar de que en algún momento intento escribirle, pero ese deseo se reprimió por miedo a ser rechazado. Cerca de la hora, el muchacho se encontraba en la sala de la capilla, sus manos temblorosas demostraban su nerviosismo y el tartamudeo de sus palabras, la ansiedad. Su madre ayudaba en ordenar su traje, cuando las puertas se abrieron y este fue acompañado a pararse delante del altar. La marcha nupcial y el murmullo constante de los invitados sentados a sus espaldas, le demostraban que estaba por hacer el acto más hermoso y santo, por el cual todo hombre se sentiría realizado, pero en su interior lo percibía como el más mentiroso y miserable. La novia hace su aparición, es escoltada por su padre, se para a un lado de Albert y la ceremonia comienza.
Llega el momento en el que el sacerdote pronuncia las palabras más importantes de todo el ceremonial.
-¿Acepta por esposo a Keller Albert para respetarlo, amarlo, en la pobreza y la enfermedad hasta que la muerte los separe?
-Sí, acepto.
-Y tú Albert, ¿aceptas por esposa a Francis Aldana para….hasta que la muerte los separe?
El joven quedó en silencio.
-Albert ¿sucede algo?- preguntó Aldana.
-No sucede nada. Acepto
-Si alguien tiene alguna objeción para que estas dos persona no se unan que hable ahora o calle para siempre.
Giró su cabeza y vio a la multitud, busco entre todos los rostros alguna señal de Nicolás, podría ser que hubiera recibido su invitación y hubiera decidido venir a buscarlo. La esperanza nunca decayó. Solo el silencio, lo convenció de su desdicha. Y en un acto de enojo dijo:
-Terminemos con esto de una vez.
-¿Cómo dices?…
-Nada padre, continúe.
-Entonces, los declaro marido y mujer.
Todos se levantaron de sus asientos y ovacionaron a los recién casados. Los festejos ya podían comenzar…
La ceremonia finalizó y la fiesta estaba en su punto de más gozo. Albert sentía una molestia en su estómago y su mirada decaída lo mantenía desatento de lo que ocurría a su alrededor. Acompañado de su familia decidió irse.
-Perdón. Voy a retirarme. No me siento bien.
-¿Que te sucede hijo?
-Voy a llamar al chofer que el señor Francis contrató, para que me lleve a la casa, antes de la hora estipulada.
El padre de Aldana había comprado una lujosa casa para que los recién casados habitaran.
-Gracias madre, no te preocupes serán solos los nervios. Ahora iré a descansar.
-Está bien. Llamarè a tu esposa.
-Albert se reunió con su esposa, subieron al auto despidiéndose de los invitados, que seguirían disfrutando de tal acontecimiento. Subieron al coche y se fueron rumbo a su nuevo hogar.
Al llegar a la casa el joven abrió la puerta observó los ambientes y se dirigió a la habitación. Se acostó sobre la cama en el momento en el que Aldana se sentó a su lado.
-Sabes, hoy, es nuestra noche de bodas y estoy muy nerviosa por eso.
-Ah! Sí, tienes razón – contestó el joven sin ningún tipo de interés.
-Yo podría esperar, no hay ningún problema con ello.
-Gracias eres muy atenta.
-Pero realmente deseo estar contigo Albert.
-Mm Bueno. Te entiendo.
La joven lo tomó por la barbilla y lo rozó con un sutil beso inocente. Albert la recostó sobre la cama y comenzó a desprender su vestido. Acarició su rostro, su cabello y se quitó la camisa. Las dulces sensaciones que experimentaba, le recordaban el momento, en el que fue poseído por Nicolás y cuan excitado estaba. Las caricias continuaban y los besos aumentaban. La joven bajo su mano hasta su ingle y acarició su entrepierna. Cuando ésta adentró su mano por sobre el pantalón, un gemido se escapó de la boca de Albert acompañado de una sutil palabra dicha en voz baja.
-AhhhNicc…- esa fue la única expresión capaz de desmoronar cualquier acto sexual deseado.
-Lo siento. No quiero más.
-Eh ¿hice algo mal?
-No, tú no hiciste nada. Perdona pero no me siento bien.
-No te preocupes. También estoy nerviosa, lo haremos en otro momento.
Eres muy comprensiva. Permiso.
Albert se levantó y se encamino hacia el baño. Aldana acomodó su vestido y procedió a guardarlo. El muchacho cerró la puerta, se sentó en el suelo y cruzó sus piernas. Apoyó la barbilla en sus rodillas y cubrió sus ojos con sus brazos. Recordó todo lo que había pasado ese día y se planteó, como seguiría adelante con la compañía de Aldana. Pensó solo cinco palabras y quedó en silencio.
-¿Por qué no viniste…Nicolás?

“La vida de todo hombre sigue su camino, y aunque tropiece, debe ver por sobre sus pasos y evitar cometer los mismos errores.”(Anónimo)

Todo siguió su curso y sus vidas cambiaron por completo. Los meses se hicieron años, cinco, en realidad. Mientras que al otro lado Albert, continuaba con su matrimonio, decidido, hacer feliz a su esposa ya que esta era una mujer maravillosa y honesta, que se preocupaba por él y no merecía la humillación de ser una desdichada. Cerca de sus cuarenta y convertido en toda una autoridad del eclesiástico, Nicolás, cumplía con todas las responsabilidades designadas. Pero un giro del destino, como tratando de burlarse, les ofreció una triste, pero una oportunidad al fin.
En el pueblo del Challao, Ernesto el casero, agonizaba, la enfermedad que lo consumía había decidido que este era el final. Una carta desesperada de su esposa hacia el padre Nicolás, rogaba por su presencia ya que este era el último deseo del hombre, que el sacerdote fuera quien le diera la extremaunción. Una vez recibida, el sacerdote no lo pensó dos veces y compró el boleto mas próximo al Challao, solo quería estar al lado de Ernesto en el final de sus días. Nuevamente en un viaje casi interminable, Nicolás cedió ante la ansiedad y durante los tres días, no probó bocado y no pudo dormir ni la primera, ni las siguientes noches.
Llegando a la estación los hijos mayores de Ernesto, pasaron a buscar a Nicolás y lo llevaron con urgencia a su residencia en el lado este del pueblo. Una humilde pero acogedora casa llena de vecinos lo recibía, en su interior Ernesto yacía sobre su cama. Hablaba entre cortado y no podía levantar sus parpados, su conciencia se desvanecía por momentos, y solo reconocía a la gente por su voz. Nicolás se sentó a su lado con los ojos llenos de lágrimas. Y tomó su mano.
-Ernesto soy Nicolás estoy aquí, a tu lado viejo amigo.
-Nicoláaas, viniste.- trató de pronunciar Ernesto.
Nicolás acercó su oído cerca del rostro del hombre, ya que sus palabras eran muy difíciles de escuchar.
-Por supuesto o lo dudabas.
-Ja… quee chistosoo…
-No hables, quédate tranquilo.
-No, debo preguntarte algooo. -expresó Ernesto.
-Por favoor que salgaan todoos, hace calor aquí.
-Dime que te aqueja. Yo escucharé tu confesión- dijo sosteniendo la biblia con sus manos.
-¿Eres feeliz nicoo?- la mayoría de los vecinos habían salido de la habitación y ahora se encontraban solos.
-¿Por que me preguntas eso?
-Yo se que acá lo eras, pero te fuiste.
-Pero que dices…Yo no escapé.
-Él veniaa todos los días.-Nicolás no podía creer lo que escuchaba. Como podía saber.
Las tenues pero firmes palabras de Ernesto, explicaron al sacerdote, como se dio cuenta de lo que sucedía entre ellos, como él joven venia todos los días y lloraba en el banco de la capilla. O preguntaba por las cartas mandadas por el sacerdote y las leía en silencio. Al principio sintió repulsión, pero luego, la lástima se apiado de él , el hecho de ver destrozado al joven y su gran amistad con el sacerdote, fue lo que hizo, comprender a Ernesto, el por qué de la decisión de Nicolás, abandonando todo lo que amaba y se yéndose lejos, a otro lugar.
-Estás equivocado amigo mío.
Nuncaa supiste mentiiir, tu voz siempre tartamudeaaa…
Me conoces bien ¿verdad?
Por esoo le dijee que vengaa a verme.
¿Qué?
En ese momento la puerta se abrió y la esposa aviso que el matrimonio había llegado.
Perdón padre. Llego la hija del concejal, junto a su esposo ¿los hago pasar?
-Siii…-pronunció débilmente.
-¿A quien, Ernesto?- preguntó el sacerdote.
El joven matrimonio pasó y el tiempo se detuvo por completo.
Las miradas se cruzaron y Nicolás reconoció al instante ese rostro, aquel único, capaz de hacerlo arder y renacer en un solo instante. Se levantó de su silla tambaleante y dejando caer la biblia de sus manos. Casi cayó, también al suelo. El hombre que tenía ante sus ojos no era el crío que dejo hacia, cinco años atrás. Era un hombre hecho y derecho de veintidós años. Encargado de los negocios de su suegro y un esposo ejemplar.
-¡Albert!…- gritó Nicolás. Pero el joven lo miró sin inmutarse y solo lo saludo de manera formal.
Buenos días padre, le presentó a mi esposa Aldana Francis.
El sacerdote sintió un malestar.
-Buenos días jovencita, es muy hermosa. Mi nombre es Nicolás Aubertier.
-Gracias, un gusto padre.
El ser completamente ignorado lo mataba en el lo mas hondo de su ser.
-Por favor nos dejaría solos con Ernesto, luego nos iremos.
-Sí. Me retiro.- Nicolás salió de la habitación y esperó a que la pareja saliese. Cuando se estaban retirando los saludo y el joven contestó.
A pesar de estar muy ocupados, vinimos porque se lo había prometido a Ernesto. Yo si, mantengo mis promesas. Hasta luego.
Nicolás sintió en leve escalofrío y comprendió inmediatamente, el por que, de la actitud del joven. Su resentimiento era muy fuerte, pero en el fondo, estaba feliz por volverlo a ver.
Paso la noche junto a su amigo, acompañándolo, después de darle la extremaunción, se quedo sentado a su lado, hasta dormirse al pie de la cama, esa fue la última noche de Ernesto.
Con la llegada de la mañana los restos de fueron llevados al cementerio principal. Luego de la ceremonia y con el corazón destrozado. Nicolás se acercó a la estación para tomar el tren de regresó a su hogar. Una vez en el mismo, observó por la ventana despidiéndose del lugar y de todos los malos momentos, y llevándose consigo los mejores recuerdos. Ver el andén desde esa perspectiva lo trasladaba al momento en el que vio a Nicolás por última vez, callado y pensante, él también permanecería en sus recuerdos, como aquel deseo imposible de concretar.
Ya llegado a Jujuy dejó sus pertenencias y comentó con los otros párrocos todas las vivencias, los momentos recordados y los lugares que nunca pudo olvidar, continuó con su vida rutinaria.
Pasada una semana, el sacerdote estaba en una reunión de eclesiásticos, realizando una charla de orientación, con los nuevos seminaristas, cuando fue llamado a la sala contigua. El representante de la arquidiócesis quería hablar con él.
-Nicolás pasa por favor.
-Lo escuchó, padre Alfonso.
-El más importante de nuestros colaboradores, se erradicara con su familia, aquí en Tilcara, de todos los destinos nos eligió a nosotros. Por favor recíbelo y bríndale lo que necesite, pues este se convertirá en su nuevo hogar.
Los colaboradores eran diferentes personas que hacían donaciones para la iglesia, a cambio de los trabajos que los misioneros y los seminaristas realizaban a voluntad, en los campos, textiles, escuelas, etc.
-Si, ¿cuando llegará?
-En unos minutos. Espéralo en la oficina del corredor derecho. Tú conoces tu trabajo. Te lo encargo.
Quédese tranquilo. Adiós.
Adiós.
Nicolás fue directamente a la oficina., pero al llegar, encontró la puerta abierta. Paso directamente. Como no vio a nadie sentado en el sillón, giró su cuerpo y tomó el picaporte. De repente la puerta se cerró abruptamente, delante de su cara y unos brazos bien proporcionados, rodearon su cintura y lo abrazaron fuertemente. El aliento de una boca se posó, sobre su oreja, y el calor de un rostro oprimía su mejilla. Las palabras que escuchó, movilizaron todo su ser y estremecieron cada hebra de su cabello. Sintió como era arrastrado al mismo infierno, uno que pensó dejar atrás. Pero estaba equivocado éste lo perseguiría por el resto de su vida. Y ya era hora de dejarse caer

“Palabras peligrosas y un tanto pecaminosas. Una frase que murmuraba, aquella que deseaba en lo más profundo de su corazón volver a escuchar:
Perdóneme padre, porque he pecado…”

Fin

LO QUE SIGUE SE LOS CUENTO EN OTRA HISTORIA…
GRACIAS POR TOMARSE SU TIEMPO EN LEERLO , FUE MI PRIMER RELATO Y ME DIVERTI MUCHO. SALUDOS ALIS-SAN

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