Tiempos Violentos – Capítulo I

(No apto para menores. No recomiendo su lectura. Curvisa narrador omnisciente, el resto del relato es el protagonista o en los diálogos oros personajes. Es conveniente poner esta canción de fondo mientras se lee.)

Yacía llorando aquella mujer que poco se parecía a la arrogancia que mostró cuando la vi por primera vez. Temblaba lo que le quedaba de cuerpo, después de haberla violado durante una hora, cortando sus pies y viendo como se desangraba poco a poco, solo pedía con su mirada que la matase. No podía hablar, porque su lengua ahora decoraba el suelo. En ese momento me senté encima de ella, mirándola fijamente, sus lágrimas olían como su miedo, sus ojos la habían humanizado. Ahora ya no era la mujer que se esperaba de ella, solo era un despojo, sus conquistas, sus victorias habían sido reducidas a la nada. Suavemente con mi cuchillo empecé a cortarle los ojos ella se desmayó, pero por fortuna sufrió durante unos segundos. Una vez que tuve sus ojos en mis manos los aplasté con mi fuerza.

Para asegurarme quemé la casa por completo y me marché. La luna parecía darme la bienvenida toda vez que quiso recibirme como a un glorioso empleado. Apreciamos a quienes nos hacen daño y olvidamos a quienes nos quisieron.

Ardiente fue el recuerdo que olvidé. ¿Mi infancia? ¿Dónde quedó? Era posible que la unión de los actos tan deleznables como placenteros fuese un producto de mi voluntad, o de un pasado lleno de calvarios inenarrables.

La tos mermaba el ánimo del asesino, un mensaje al móvil fue la señal, otra vida que sesgar, otro racimo de poción para seguir andando. Tomó como su único camino hasta tal punto que se cegó. Sólo al matar encontraba un sentido.

Cuando mato siento como si mi vida hubiera sido creada por algo, es el sino que he creído encontrar y no hay más argumento que ese. Mientras yo crea en ello no habrá nada más que se pueda detener. Por ello espero con ansias que alguien me dé un final digno de mí.

Es posible que el mar, que recuerda en ocasiones, sea no solo una mirada hacia un perturbador futuro donde la paz será muerte, sino un sentido fijo hacia un pasado eterno que galopa sobre sus hombros. Tararea poco a poco desde lo más bello que puede besar o tocar, tararea la misma canción.

Ha llovido tanto desde que mis víctimas fueron más viejas que yo, han pasado muchas primaveras. Pobres aquellos que son como la primavera, las nuevas primaveras. Miran, pero no observan, hablan, pero no dicen, oyen, pero no escuchan. Sus pecados son su dejadez y apatía, mis pecados son mi pereza y mi eterno vacío. Puedo decir que he buscado pocas alternativas. Mea culpa, pues yo no soy la oveja guiada por el pastor, yo no camino por un valle de muerte y sombras, yo soy el creador de ese valle para las ovejas descarriadas. Hasta qué punto puedo escapar de un criminal que forma parte de mí. Soy una bestia, soy un loco, lo peor de todo es que he querido serlo, los he dejado salir. Puedo y debería buscar culpables en la sociedad, en los que me rechazaron, en aquellos que me atacaron, en los que me juzgaron, sin embargo sería estúpido. Yo elegí el camino de los temerosos de la luz, yo fui su ejecutor, yo era el que penetraba a aquellas vírgenes que lloraban pidiendo auxilio, mientras sus padres miraban. Yo fui el que comía ojos de humanos y jugaba a ellos como pelotas de fútbol. Yo fui quien llenó una habitación de la sangre de una esposa mientras obligaba a su marido a beberla mezclada con su orina. Fui yo y no habrá salvación para alguien como yo, pues tampoco habrá amor. Nadie puede amar a una bestia, a un monstruo.

La luz del móvil seguía encendida, avisando del mensaje que había llegado. Sólo sonaba para trabajo. No había llamadas personales. No había contactos más allá de su labor. No había necesidad para el asesino. Quizás por miedo a que sepan lo que es y le persigan. ¿Se merecería ser atado? Vida o redención no parecen ir cogidas de la mano para este tipo de seres. Solo habrá expiación cuando los gusanos se atraganten con su cuerpo.

Mi siguiente objetivo era un viejo jefe, fue fácil entrar en su casa. Primero esperé a que se despertase, lo tenía atado a una silla. Mirando, en aquel cuarto donde antaño tuvo que pasar tan buenas horas de sexo, hoy lloraría pidiendo que le salvase. No me gustan las sutilezas, no buscaba nada salvo la diversión de la tortura, me gusta sobretodo cuando extraigo su lengua con tenazas y le voy cortando la lengua, una vez suelta, la sangre sale a chorros. No me detengo, el anciano mira sudoroso y asustados y yo siento que bailo sobre una hermosa creación de Mozart, Vivaldi o Beethoven, que quizás me haya vuelto loco. Después me gusta siempre rebajar el tono y saco de mi bolsillo mientras tarareo unas púas, que uso entre sus uñas, me gusta que sienta el dolor al clavarlas entre la carne y la uña. Poco a poco el miedo y el sufrimiento se apoderan del viejo, se empieza a mear. Odio cuando se orinan encima, eso me enfada, así que para castigarle suelo cortarles una oreja como castigo y se la meto en la boca que he abierto anteriormente, todo eso sin dejarle que cierre los ojos. Nuevamente bailo el acero de mi cuchillo sobre su piel hasta hundirlo en sus muslos. Algunos en mi oficio les gusta violar, pero yo no violo hombres. No me preguntéis por qué, quizás sería la mayor humillación. Yo no soy de esos, no al menos con hombres, les dejo la última dignidad que les queda. Después me siento, observo detenidamente sus espasmos de dolor, pues las púas siguen entre sus dedos, sus ojos me transmiten más que todas las obras de arte de Donatello, y Skopas. Comprendo que el verdadero ser reside en esas pupilas, decoradas del rojo vidrioso que influye en su pequeño mar blanco, alrededor de lo que tiene para poder ver. No me lamento, sencillamente me deleito. Soy alguien miserable. Cruel. Es posible que sí. Hago lo que hago y lo hago como quiero. No tengo justificaciones. No hay razones, sencillamente es así. A diferencia de quienes me juzgan, yo sencillamente actúo.

No parece inquieto el asesino, se mueve tranquilo. Relajado, pocos rayos de luna llegan hasta aquel antro de angustia y padecimiento. No puedes temer lágrimas cuando sientas tus sueños en algo tan endeble como la esperanza de vida. Que a la suma de los días pasados se acerca inexorable a un final.

Decido entonces coger unas tijeras bien afiladas y potentes, me quiero quedar con sus dedos, cae su anillo de bodas. Precioso, sencillo como el de todo hombre, de un color dorado que hace que me vea mi rostro cóncavo y desvirtuado, quizás ese sea mi verdadero yo, o puede que la deformación en el metal me haga parecer más humano de lo que soy. He alargado el tiempo demasiado. Acaricia mi cuchillo sus ojos, siempre me ha gustado sacárselos, pero esta vez prefiero hacer un corte en el cuello. Soy magnánimo al fin y al cabo. Nuevamente quemo la casa, después de haberla limpiado cuidadosamente y de haberme vestido con ropas limpias.

Su casa está sola. No se oye nada. Silencio en el atronador ático que dibuja como si de un torreón se tratase el final de los días de la princesa enjaulada. La ciudad está nerviosa, inquieta. Está expectante ante lo que acontece. El asesino enciende la televisión sale un hombre. Su aspecto es triste y solitario, posee ojos de locura, pero su voz da una mezcla entre anhelo y rotundidad. Está encadenado y mira a la cámara en directo.

-“Soy el principio de un final, y el final de un principio. En mí acabará la vieja era y a partir de mí se iniciará una nueva era. Soy responsable de los últimos ataques terroristas. La guerra se ha iniciado. Vosotros humanos contra nosotros los lobos.”

Asesino se excita. Babea como el perro ante un hueso. Algo nuevo. Algo distinto. Algo diferente. El público se asusta al verlo, pero algunos se lanzan contra él. Quieren matarle. No importa. No hay posibilidad. Él tiene garras y les arranca el corazón una vez que están en el suelo. Lo más sorprendente es que tiene las manos encadenadas. Después mastica sus corazones y los escupe con desdén.

-“Transmito un mensaje para quienes no tienen cabida. Tanto soldados en tiempos de campesinos como lobos en tiempos de pastores. Yo no me detendré bajo ningún concepto. Sé lo que hay que hacer, por ello pruebo vuestra fe. Venid a mí. Si me reclamáis. Yo os responderé.”

Tropas de asalto llegan, el lobo se arrodilla y permite que le apresen. No pueden matarle está en directo. El asesino mira, pero aunque es divertido esconde. Apaga la televisión y no le importa.

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