Relato – Parte 2

A la mañana siguiente me dieron una clase teórica de lo que debería hacer en el momento del despliegue, que a grandes rasgos se resumía en: agarrarme bien a los asideros que había en el planeador hasta que el aparato se detuviese por completo, o en caso de tener un viaje movido… Rezar a todos los dioses que conociese. La verdad es que era esperanzadoramente fácil ¿no? Además por lo visto no teníamos porque practicar con los planeadores, no porque no fuese necesario ni útil, sino porque según me decía el brigada, que no se me despegaba del culo ni para ir al baño, no había bastantes planeadores como para arriesgarse a perder uno en unas prácticas. Los siguientes días fueron una sucesión de clases de supervivencia, primeros auxilios y salto en paracaídas, por si acaso rezar y agarrarse no era suficiente y nos veíamos forzados a saltar. Lo primero era demasiado básico para mi gusto, el gobierno de mi país se había gastado mucho dinero enseñándome a sobrevivir bajo cualquier circunstancia, entrenar francotiradores era caro, demasiado caro como para dejar que nos matasen con facilidad. Pero la verdad es que las clases de salto en paracaídas las agradecería más adelante. Y fue así como pasé el tiempo hasta que llegó el momento de actuar, por lo visto esa gran ofensiva iba a llevarse a cabo unos días más tarde, y por lo tanto era hora de empezar con el plan.
A las 4 de la madrugada nos metieron en los planeadores y los planeadores en los aviones, de tal manera que parecíamos las muñecas más pequeñas de una muñeca rusa. Tras una larga hora de vuelo llegamos a las costas francesas, y la ausencia de fuego anti aéreo me hizo pensar que no habíamos sido los primeros desventurados en meterse en territorio enemigo, en ese momento no me digné a pensar más en ello, porque pronto estaría metido en mierda hasta el cuello y si quería sobrevivir tendría que estar concentrado, pero ahora que ha pasado tanto tiempo, y lo veo con perspectiva, fue gracias a esos pobres anónimos que yo llegué a donde tenía que llegar para cumplir mi parte del plan con el que más adelante derrotaríamos a los alemanes… Espero que en el futuro, aunque se olviden nuestros nombres y caras, se recuerde que estuvimos allí, que sufrimos y morimos para que otros ganaran, en definitiva, que no se nos olvide.
El planeador para mi alivio llegó a tierra con bastante tranquilidad, nos posamos silenciosamente a unos 1500 metros de nuestro primer objetivo, preparamos las armas y equipos y partimos. Tras una marcha corta divisamos el primero de los bunkers de nuestra línea objetivo. En la puerta trasera se apostaba un soldado de las SS bastante dormido y despreocupado, casi apoyado en la culata de su arma para no caer rendido al suelo… Espero que su sueño fuese hermoso, porque fue el último. Era un tiro sencillo, el objetivo, inmóvil medía 50 milímetros en mi mira, lo que me indicaba que estaba a unos 150 metros de distancia, y los ilusos nazis habían colgado banderolas a los lados de la puerta, que en este momento caían a plomo sin ondear ni un milímetro, lo que me indicaba que el viento entre mi posición y la de mi objetivo era casi nulo. Ahora solo restaba apuntar y disparar, mis acompañantes estaban ilusionados por poder verme disparar, pero la verdad es que verlo desde fuera es bastante decepcionante. Para empezar te encaras al objetivo, para que esté dentro de tu retina, después con los ojos cerrados para no desconcentrarte, ajustas el cuerpo, no el arma, para que se encuadre mejor el objetivo, solo una vez estás en una postura cómoda y natural abres los ojos para ver cómo está de apuntada, y repites el proceso hasta que el objetivo está en la cruceta, y tu cuerpo en una postura natural, así ningún movimiento que hagas hará que la mira se desvíe, los últimos ajustes, los de descenso por gravedad, y las variaciones del viento, los haces con cuidado de no descolocarte y con los ojos abiertos, una vez tu enemigo está en el punto adecuado, empiezas con el control de la respiración, y llegado el momento, llenas los pulmones y mantienes el aliento, así el tiro es perfecto. En este caso además tenía que esperar a que los altavoces de la zona empezaran a graznar de nuevo las arengas en alemán con las que se mantenía alerta a los soldados, y que servirían para tapar el sonido de mi arma al disparar.
Los altavoces empiezan con sus distorsionados gritos, y yo acaricio el gatillo de mi fusil, el resto pasa en fracciones de segundo, la bala sale disparada, atraviesa el puente nasal del alemán, y este cae como un saco de patatas de cara al suelo, todos nos escondemos y aguantamos la respiración, nos tememos que el ruido del disparo haya sido demasiado fuerte para los altavoces, y que nos hayan detectado, pero no sucede nada. Salimos de la cobertura y caminamos hacia el bunker, ahora tenemos que limpiar el interior sin llamar la atención, no será fácil, pero mis compañeros me aseguran que saben lo que hacen, supongo que tendré que creerles…

Uno de los soldados que me acompañan se gira hacia mí y me dice que tengo que esperar donde estoy, a unos 50 metros del bunker, porque según él, les estorbaría más de lo que les ayudaría, no sé qué coño se ha pensado ese soldado, pero no pienso tolerar su condescendencia, pero para cuando tengo preparado lo que le voy a decir, este ya se ha dado la vuelta y se ha unido de nuevo al pelotón que ya se aleja. Me quedo mirando por la mira todo lo que pasa, el pelotón se coloca para entrar en el bunker, dos a cada lado de la puerta, y pobre desgraciado que ha sido elegido a suertes, está arrodillado justo delante de la puerta, supongo que abriéndola, los demás se han dispersado un poco más lejos para tener ángulo de tiro a través de la puerta cuando esta se abra, la verdad es que no se va a disparar desde fuera, solo están ahí por si algo se hubiese torcido, y les estuvieran esperando, los bunkers tan grandes como este tienen una especie de antesala en la que se resguardan los centinelas en caso de necesidad, dando así una segunda protección a los que se encuentran dentro. Hemos elegido estas horas tan tempranas para la misión, porque hasta más o menos las 7 de la mañana no hay actividad en los bunkers, sólo un par de soldados muy adormilados montando guardia mientras el resto duermen, por suerte para mí, la publicidad radiofónica es una constante, por lo que siempre tendré ruido fuerte de fondo con el que tapar mis disparos, pero no pedo imaginar cómo van a hacer ellos para pasar desapercibidos, pero cuando se abre la puerta y se comprueba que nada se ha torcido, entran y cierran tras de sí de tal forma que no puedo ver nada más hasta que vuelven a salir todos, sigo sin saber como lo han hecho sin hacer ruido alguno, pero lo han conseguido y es lo que importa, me acerco a ellos con rapidez, y salimos corriendo hasta el siguiente bunker, nuestro horario es ajustado, y los alemanes han gastado cemento en esta playa como para pavimentar una ciudad entera. Bunker tras bunker la rutina se conserva, yo acabo con los centinelas exteriores, y ellos me dejan descansando fuera mientras los vacían sin hacer ruido, y en el trayecto hacia nuestro quinto y último bunker me corroe la curiosidad de tal manera que no soy capaz de contenerme. Me acerco a uno de los soldados, y le pregunto sin más como carajo hacen tan poco ruido, yo llevo una welrod, una pistola con un sistema de recarga manual mono tiro, lo bastante silenciosa como para que no te oigan ni en la más completa calma desde más de tres metros, pero eso es un juguetito nuestro, no lo tienen fuera de los EEUU. Por lo visto depende de la situación, en el primer bunker estaban todos dormidos por lo que lo hicieron a bayoneta, pero en el resto recurrieron a un truco de los SAS que consiste en hacerse un silenciador bastante efectivo con las cosas que lleva en la mochila cualquier soldado paracaidista, lo primero es coger el tubo metálico en el que se guardan las bengalas de emergencia, y quitarle la tapa, después se coge una de las cañas de acero que tienen las mochilas paracaídas y se corta de la longitud del tubo anterior, esta pieza tiene un calibre parecido al de las pistolas que ellos usan, por lo que casa bastante bien con el cañón, para eliminar las posibles holguras se envuelve el extremo del cañón con tela del para caídas haciendo así una junta de presión, antes de unir este tubo al cañón, se le hace un agujero al tubo de la bengala alineado con la caña interior, de tal forma que se consigue un cañón largo dentro de un cilindro de metal, el espacio entre ambas partes tiene que llenarse con algo que absorba el ruido, para lo que se suele utilizar la tela del paracaídas, pero en este caso han usado vendas del botiquín nazi del primer bunker, de esta forma lo que tienes es un cañón prolongado en el seno de unas vendas acolchadas, y protegido por otro tubo de metal, que encaja gracias a la junta de antes con el cañón de la pistola. Me cuenta esto un soldado al que yo no le habría atribuido más inteligencia que a cualquiera de las piedras con las que nos cruzábamos en el camino hacia el último bunker, un chico con cara de atontado perpetuo que mira el paisaje francés cantando las alabanzas de la belleza de sus bosques mientras se dirige a matar, vamos una persona a la que si de mí hubiese dependido, lo habríamos dejado en tierra antes de marchar, pero al final resulta que es un buen soldado, con capacidades y cualidades más que de sobra para esto, de haberlo sabido, habría hablado más con él durante los caminos entre bunker y bunker, e igual habría podido aprender más trucos de esos, pero por desgracia este va a ser el último camino que hagamos juntos, ya que a mí me han dado órdenes de tomar camino al interior de Francia después de este último bunker, en el que cogeré una moto para hacer el camino lo más rápidamente posible. Cómo es la última oportunidad de sacar algo bueno de este pelotón, me siento a charlar con el soldado con cara de atontado, que acabo descubriendo que se llama Caleb, durante la última pausa para descanso, y aprendo bastantes cosas que él me enseña con alegría, he de decir que gracias a esos trucos he salvado el pellejo más de una vez. Para cuando acaba el descanso ya me ha contado casi todos sus trucos, asique me pongo en marcha satisfecho y agradecido, para acabar con el último de nuestros objetivos comunes. El ataque se lleva a cabo con normalidad, y en cuestión de minutos estoy subido en la moto alemana, con un uniforme alemán dispuesto a marchar hacia el interior: Lo que me esperaba desde aquel momento haría parecer un día de acampada el camino en territorio enemigo que había hecho desde la madrugada.

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